Limitando la vida de la ropa de nuestros armarios

POR KATIE BLOOMER


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¿Qué ocurre con los uniformes de las escuelas privadas tras la graduación de sus estudiantes? ¿Qué hacen los empleados con su ropa de trabajo cuando dejan la empresa? ¿Los jubilados tiran sus prendas a la basura?

Por desgracia, la mayoría de la ropa de uso diario solo se utiliza unas pocas veces, y luego, sin pensarlo, se echa a la basura. ¿Pero qué hay de los uniformes escolares, la ropa de trabajo y los conjuntos especiales?

Algunas escuelas privadas cuentan con programas que permiten a los graduados entregar sus uniformes poco usados. Estos se clasifican y se distribuyen a los estudiantes recién llegados. De esta manera, los veteranos no se tienen que preocupar de deshacerse de sus uniformes y los de primer año pueden reducir sus gastos al no tener que comprar ropa nueva. ¡Todos salen ganando! Este sistema solo requiere unos pocos voluntarios para clasificar las prendas y un lugar temporal de almacenaje entre el final de un año escolar y el comienzo del siguiente.

Muchas empresas animan a sus empleados a devolver sus uniformes al concluir su trabajo en la empresa. Así, se reducen los gastos y el desperdicio de ropa. Los pocos empleados que se niegan a devolver sus uniformes a menudo terminan dándoselos a amigos que trabajan en la misma empresa o los venden por Internet como si fueran disfraces. Sea como sea, se mantienen alejados de los vertederos.

Los jubilados que trabajaron en empresas que requieren de un atuendo formal pueden donar sus prendas poco usadas a organizaciones como Dress for Success y Career Gear. A pesar de contar con esta opción tan sencilla, la mayoría de la gente se aferra a sus viejos uniformes de trabajo, aunque no tenga la posibilidad de volver a usarlos.

¿Por qué? La gente no teme devolver los uniformes escolares y los trajes de la empresa, pero cuando se trata de algo personal, de pronto nos convertimos en unos acaparadores. Esto se debe en parte a las conexiones sentimentales que creamos con la ropa. Estos trozos de tela fueron alguna vez las nuevas y brillantes prendas que llamaron nuestra atención en la tienda. Fueron la ganga del siglo, la última tendencia o la pieza ideal que faltaba en nuestra colección. Ahora, estos artículos que antes eran tan queridos ocupan un espacio preciado en algunos hogares y, mientras tanto, otras personas luchan para poder permitirse unos pocos conjuntos.

El mundo nos ha enseñado que «más es mejor» porque necesitamos estar preparados para cualquier situación, ya sea realista o no. Nuestro instinto natural es acumular. Esto se ve reflejado en la falta de normalidad a la hora de comprar productos de segunda mano. ¿Y si cambiamos nuestra forma de ver las cosas? En lugar de pensar en la pequeña posibilidad de que puedas necesitar esa prenda en el futuro, céntrate en hacer que los recursos que se destinaron a la fabricación de esta hayan servido para algo.

Por ejemplo, si para fabricar una camiseta se requieren 1800 litros de agua y esta se utiliza dos veces, entonces cada uso equivale a 900 litros de agua. En este caso, el costo medioambiental no compensa los pocos usos que se le da. Por otro lado, si la camiseta se dona y se convierte en un artículo más de la colección de alguien, y así se usa 1000 veces más antes de ser desechada, cada uso solo supone algo menos de dos litros de agua. Aunque todavía no sea lo ideal, y con suerte la camisa pueda vivir otra vida como trapo, algo menos de dos litros es una cifra mucho más aceptable que 900 litros. Una vez que se han utilizado los recursos para fabricar las prendas, debemos aprovechar la ropa al máximo.

Revisa el contenido de tu armario y piensa si vas a aprovechar todo el potencial de tus prendas. Si no, considera la posibilidad de cederlas para que puedan vivir una vida mejor.


Traducido por Pilar Verd Pons


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