¿Es el 2020 un punto de inflexión para la industria de la moda?

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No hay ninguna duda de que este ha sido, por decirlo de alguna forma y sin querer sonar como tantas otras marcas y figuras públicas, un año sin precedentes. Los impactos de la COVID-19 se han extendido a lo largo y ancho del globo. La industria de la moda, en concreto, se ha enfrentado a su mayor crisis, con un gran foco social puesto en la poca ética de sus prácticas.


Conforme los confinamientos se iban declarando uno a uno en todo el mundo como si de fichas de dominó se tratase y las grandes zonas comerciales de moda rápida cerraban, muchas marcas se negaban a pagar a sus proveedores los pedidos que ya habían encargado (a pesar de que muchos de ellos ya se habían completado o estaban a punto de hacerlo). A raíz de ello, surgió la campaña #PayUp: después de que Remake (la compañía que lucha contra la moda rápida) la iniciara, las redes sociales se inundaron con el hashtag y su primera petición obtuvo más de 270 000 firmas. En seis meses, la campaña #PayUp liberó 22 000 millones de dólares de marcas para sus proveedores, provocando así que millones de trabajadores (casi el 80 % mujeres) y sus familias pudieran sobrevivir.


Muchas marcas, incluidas Urban Outfitters, FashionNova o Topshop (recurso en inglés), todavía no se han puesto al día con sus pagos más de diez meses después. Y ya no es solo que los consumidores estén tomando cartas en el asunto, sino que los trabajadores del sector textil han organizado múltiples protestas por todo el mundo (recurso en inglés) en oposición a la retención de sueldos, los acuerdos injustos y las represiones sindicales, aunque estas huelgas no se hayan retransmitido por los medios de comunicación más populares.


Otro escándalo vio la luz cuando, en el mes de junio, la asociación británica a favor de los trabajadores de la industria textil, Labour behind the Label, publicó un informe (recurso en inglés) que ponía de manifiesto los problemas éticos que se dieron en las fábricas de Leicester durante el primer confinamiento de Reino Unido. Este informe se publicó tan solo unos días después de que se anunciara que dicha ciudad se convertiría en la primera del país en confinarse, por lo que muchas personas vieron una unión entre ambos hechos. Por lo que parece, este suceso provocó mayor expectación entre el pueblo británico que otros escándalos también relacionados con la violación de derechos de los trabajadores de otras partes del mundo. Tal vez se deba a que se contradice con la creencia de que, de alguna forma, el Reino Unido protege y defiende «mejor» los derechos humanos y del trabajador. El hecho de que estos abusos estuvieran sucediendo en el centro del país dejaba clara la importancia que tenía para muchos que se hablara de esta situación y el ver a tantas personas mostrando su indignación frente a las marcas responsables era algo que les animaba.


Con tantos acontecimientos de gran repercusión y nuevas historias que suceden simultáneamente, pienso en la esperanza que me da ver a tanta gente hablando sobre estos temas relacionados con la industria de la moda (que eran cada vez más inciertos conforme el tiempo pasaba). Incluso había una cierta sensación de victoria al ver que cada vez se hablaba de esos asuntos más abiertamente, pero como tantas otras polémicas que surgen en las redes, podría quedarse en una simple moda pasajera.


Esto ha ocurrido antes de que hubiera una mayor conciencia social y, por tanto, se ha disipado y olvidado rápidamente. El 2021, por su parte, tiene el potencial de ser un punto de inflexión para cambiar esta industria, siempre y cuando la indignación que causan todos estos acontecimientos no se convierta en otra tendencia mediática. En las últimas décadas se ha dado el patrón de hacer grandes protestas en respuesta a la violación de derechos que hay dentro de la industria, pero las cosas se mantienen igual hasta que otro hecho se descubre y se repite la historia. La catástrofe de Rana Plaza ocurrió hace casi ocho años y aun así todavía hay graves incidentes relacionados con la seguridad en las fábricas textiles. Por ejemplo, se destapó que la marca Boohoo usaba la esclavitud moderna en sus instalaciones de Leicester como parte de su cadena de producción en 2017, junto con Missguided y otras marcas (solo para recordarlo de nuevo en 2020). Este ciclo no puede continuar.


Las marcas no van a cambiar sus prácticas por sí mismas, pero, al fin y al cabo, son las únicas con el verdadero poder y si tienen un sistema que les beneficia, tratarán de mantenerlo, incluso si es a expensas de otros. Por eso, para que cambien, deben sentir que están en peligro de perder a toda su clientela, o al menos, a gran parte de ella. Para ello, nosotros, los ciudadanos, debemos hacerles saber que queremos que nuestras prendas se hagan cuidando tanto a los trabajadores como al medio ambiente. Incluso si no puedes dejar de consumir moda rápida, sí puedes usar tu voz para que las marcas (recurso en inglés) hagan algo al respecto.


Para que los hechos de 2020 tengan un impacto duradero y positivo en la industria de la moda, las marcas necesitan contar con una solidaridad global y responsable desde todas las áreas de su cadena de producción para poder transformar todo el sistema. Por encima de todo, los derechos y el bienestar de los trabajadores deben estar al frente de todos los debates si se quiere convertir esta industria en una más ética y sostenible. El 2020 puede que haya sido horrible, pero usémoslo al menos como motivación para el 2021.


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Traducido del inglés por Alba Conejero


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