El enemigo en casa: el precio de la moda rápida en el Reino Unido

Actualizado: feb 9

POR JASMINE PARKER


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Si le pidiéramos a la gente que se imaginara un taller de moda clandestino, lo primero que se les vendría a la cabeza sería un lugar con sede en Asia. Al tener la descripción de «un lugar con pésimas condiciones laborales, ventanas tapiadas, trabajadores hacinados y salidas de emergencia bloqueadas», así como de salarios que no llegan a 3,50 £, no creo que muchos se imaginaran un lugar en el Reino Unido, concretamente en Leicester.


Aunque durante años se haya hablado de los efectos negativos de la moda rápida, el tema nunca se había discutido con tanto fervor en las páginas principales de los periódicos. Boohoo PLC, empresa matriz de marcas como PrettyLittleThing, Nasty Gal y Miss Pap, y principal compradora de las mismas, ha visto cómo sus acciones caían un 18 % y cómo sus productos fueron eliminados de webs como Asos o Next.


Sin embargo, la pregunta es: ¿por qué ahora? ¿Por qué la gente está mucho más preocupada ahora que ha descubierto que esto está pasando en su propio país y no en la otra punta del mundo?


Existe la creencia popular de que los efectos negativos de la industria de la moda rápida afectan únicamente a los países emergentes. Muchos presuponen, cayendo así en un pensamiento racista, que el Reino Unido y otros países occidentales están lo suficientemente desarrollados como para no permitir condiciones de trabajo crueles e inhumanas. Sin embargo, este escándalo demuestra que la realidad es muy, muy distinta.


Uno de los puntos clave de este caso es el salario de los trabajadores, que es la mitad del mínimo permitido en Reino Unido. Sin embargo, para aquellos que no tienen derecho a vivir o a trabajar en este país, el sueldo es de 1 £ la hora. Para que os hagáis una idea, es la mitad de lo que se cobra en Shenzhen (China). Thulsi Narayanasamy visitó las fábricas de Leicester y, en una entrevista con el periódico británico The Guardian, afirmó lo siguiente: «He estado en fábricas de ropa de Bangladesh, China y Sri Lanka y, siendo sincera, la situación que vi en el Reino Unido es mucho peor que cualquier otra en el extranjero».


Lo que sí se ha sacado en claro del escándalo de Boohoo es cómo la industria de la moda rápida afecta principalmente a los inmigrantes o, mejor dicho, cómo se aprovecha de ellos. Este colectivo es mayoritario en la fábrica de Leicester. El problema existe por la falta de actuación tanto de la población local como del Gobierno central. A pesar de que muchos afirman que durante años esto ha sido un «secreto a voces», han preferido centrarse en las redadas de inmigración, tal como afirma Dominique Muller, autora del informe Labour Behind the Label, quien explica que esto «ha hecho que los trabajadores vulnerables tengan más miedo de alzar la voz».


Mientras que Boohoo ha declarado que no tenía ni idea de que estas condiciones miserables se estuvieran dando, los trabajadores no están de acuerdo con estas afirmaciones. El encargado de una empresa informó a The Times de que «estos cabr**** saben cómo explotar a gente como nosotros. Sacan beneficios estratosféricos y nos pagan con calderilla». Esto saca a la luz el problema subyacente. Mientras que a los trabajadores se les paga menos de 3,50 £ la hora, Mahmud Kamani, el jefe de la empresa, y John Lyttle, el primer ejecutivo, reciben 50 y 1040 millones de libras en bonos, respectivamente. Otros ejecutivos tienen aumentos de sueldo de entre un 18 y un 30 %.


Es obvio que este escándalo no debería pillarnos por sorpresa, especialmente si tenemos en cuenta los precios tan bajos que ofrece Boohoo. El informe Labour Behind the Label descubrió que «hace poco se recibió un encargo para fabricar un millón de pantalones cortos de deporte en Leicester… Se quería pagar 1,80 £ por unidad, incluyendo costes de producción, gastos de la empresa, empaquetado, etiquetado y otros derivados de la entrega». Una fuente de la industria explicó que «es imposible producir las prendas que Boohoo ha pedido por el precio que ofrecen y pagar a los trabajadores el salario mínimo del país».


Aunque todos deberíamos ser capaces de sacar este tipo de conclusiones, debo admitir con vergüenza que yo no caí en la cuenta. He comprado ropa en sucursales de Boohoo sin pararme siquiera a pensar en cómo se habían fabricado. Sin embargo, desde el punto de vista de alguien que lleva viviendo en Leicester los últimos diez años, es muy desagradable descubrir que esto estaba pasando en mi ciudad. Ahora que ha salido a la luz esta información sobre la forma en la que Boohoo ha tratado a personas que pertenecen a mi comunidad, no apoyaré más a esta empresa.


Espero que otros actúen igual, que hagamos frente a esta incómoda realidad que muestra cómo nuestros hábitos en las compras perjudican la vida de aquellos que nos rodean, que haya un boicot generalizado. Sin embargo, hay ciertos pensamientos que siguen rondándome la cabeza: ¿le daría la misma importancia a las empresas que externalizan su trabajo a terceros países? Es evidente que el escándalo de Boohoo solo ha sido mediático porque está ocurriendo en nuestro propio país.


Está claro que aún queda mucho por hacer. Sin embargo, espero que, tanto por mi parte como por la del resto, podamos dirigir la rabia que sentimos por Boohoo a otras empresas de moda rápida, pues tratan a sus empleados en otros países con el mismo desprecio que esta.


Imagen principal: The Times


Traducido del inglés por Fátima Gómez Cáneba

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